Semen en los templos

Con mi visita de ayer a la Catedral de Sevilla, ya son 33 las catedrales españolas y europeas en las que he logrado eyacular. Las catedrales siempre me han inspirado. Las catedrales y los edificios en general, las grandes construcciones arquitectónicas. Si el arte es, de algún modo, una forma ‘creativa’ de masturbación, la arquitectura sería la más salomónica y ambiciosa de las pajas. Siempre me fascinaron relatos como En la noche de los tiempos de Lovecraft, con su hipnótica descripción de las estancias donde moran los Antiguos, o El continuo de Gernsback de William Gibson, una rayada sobre la arquitectura fascista. Admito sentir sana envidia de aquellos que son capaces de imaginar y proyectar templos y grandes edificios.

Pero, por encima de todo, siento que la furia debe ser inherente a todo sentimiento, y un buen día decidí que ya basta de andar pavoneándose por ahí mirando los retablos. Ya basta de decencia impostada; era hora de pasar a la acción y dejar constancia de cuán inspiradoras –y peligrosas- pueden ser las grandes bóvedas y las cristaleras de colores para las mentes sensibles.

Os seré franco. No soy un superhéroe. He experimentado con varios modus operandi, pero las más de las veces acabo meneándomela discretamente por debajo del chándal, un chándal que ya se ha convertido en todo un uniforme. No siempre me corro a la primera, a veces se me pone fláccida y tengo que esperar, y unas cuantas veces me frustré y entré hasta dos o tres veces, en días consecutivos, hasta conseguir el ansiado líquido bautismal.

No me fue mal en Sevilla, porque fue una de esas veces en las que logré convencer a una tipa para que ejerciera la labor de prensar el miembro y extraer la leche. Siempre busco un perfil así alternativo, camisetas de grupos de música o pelis, pinta jipi o punki, gente que no se pueda escandalizar; hay que tener cuidado con las europeas que, según de donde vengan, son bastante modositas. En este caso concreto, tras reclutar a la chica e inspeccionar el edificio, pensé que el mejor sitio para el asunto era en alguno de los ventanales enrejados que hay en el largo pasillo escalonado que sube a la Giralda. Escogí uno de los que daba a la calle, y decidimos que yo me pondría frente a la ventana, de espaldas al pasillo, y ella delante de mí. Si lo hacíamos rápido, haciendo ver que nos estábamos liando mientras ella le daba brío, nadie tenía por qué vernos, es de mala educación curiosear junto a una parejita que se está besando. Y así fue. En realidad, la cosa nos coincidió con una expedición de esas de niños de EGB. Hubo uno que se asomó y, según mi circunstancial amiga, miró donde no tenía que mirar.

Yo no lo oí, pero también me dijo que el chaval corrió tras su grupo de amigos y gritó: “¡le estaba haciendo una paja!”. Tuvimos suerte porque debió ser uno de esos niños sobrados de imaginación a los que nadie hace caso. Quizá acertó a decir algo, pero nadie vino a comprobarlo. Al menos mientras permanecimos allí.

Ser eyaculador precoz a veces tiene sus ventajas. No me cuesta lanzar el rayo. Cuando me estaba llegando, le hice a la chica un gesto con la mano para que se apartara y me dejara contemplar la vista de la ciudad en el momento preciso, y el estallido se desparramó contra la ventana, dejando algo de savia en la reja. Enfundé rápido, con la punta aún chorreante, y subimos hacia arriba. Una vez allí, en el punto más alto, le pregunté a un guía hacia dónde quedaba Triana, por decir algo. Luego bajamos tranquilamente, no sin reparar en la mancha por el camino (ahí seguía) y nos fuimos. Le dije a la chica si quería venir a mi hotel un rato, pero puso pies en polvorosa.

Lo gracioso es que, las veces que se lo he propuesto a chicas, luego o antes tomamos algo, y siempre me empiezan con el rollo de que está bien, que es una crítica al catolicismo, que si performances, y yo siempre les digo que me la suda el catolicismo, que Jesús no está entre mis enemigos predilectos, que simplemente lo hago porque me da la gana.

Una vez me siguió un señor, en Toulouse, y le convencí para que me pajeara en la catedral. Le compré unos guantes de esos de lavar los platos. Esa fue de las veces que temí acabar en la cárcel y saliendo en los periódicos. Hecho el trabajo, empecé a correr y, como él no corría tanto como yo, le di esquinazo.

En Braga me pillaron in fraganti. Recuerdo que me saqué la mano de los bajos e intenté poner paz, le ofrecí la mano al tipo que me decía que me fuera. Le dije que lo sentía y tal, que era sin acritud, pero me echó de mala gana con unos improperios que debían ser la versión portuguesa del “a escupir a la calle”.

Alguna vez he intentado follar, sí, pero nunca lo he conseguido. Una vez lo intenté en unos bancos, durante una misa que tenía absorto a todo el mundo, y en una posición muy incómoda, pero ni yo ni aquella chica bajita de la falda de cuadros escocesa éramos contorsionistas, por no decir que yo soy directamente inepto. Se sentó encima de mí y intentamos ver como se podía hacer, por donde entraría y tal, pero lo dejamos por demasiado complicado.

El 8 de marzo y mis estanterías

Me despierto como a las nueve menos algo. Me levanto a las nueve y veinticinco, desayuno, descargo el lavaplatos y, como me queda media hora para el masaje, me pongo el capítulo de Girls que se me quedó a medias ayer. Desde el principio, porque soy maniático con eso de empezar cosas a la mitad. La verdad es que me está gustando esta temporada. Bajo a que me hagan el masaje; en la casa donde vivo hay también un centro de terapias, donde trabajan mi madre y mi hermano, y de vez en cuando Cati, esta chica que me hace un masaje semanal. También viene mi tía, los jueves. Le digo a Cati, por decir algo, que hoy es el día de la mujer trabajadora. “¿Ah, sí? ¿Es hoy?”, me dice. No se lo digo para señalar nada en concreto, lo digo, ya lo he dicho, se lo digo por decir algo. Además, tengo mis problemas con el adjetivo “trabajadora” (y con su homónimo masculino). Cada día es el día de algo y hay algunas celebraciones que son más oportunas que otras, pero, en lo que a mí respecto, prefiero que sea el día de la mujer, a secas. Últimamente he estado leyendo un librito que se llama La abolición del trabajo, de Bob Black, y creo que el tipo tiene bastante razón en unas cuantas cosas. Da igual, el caso es que el adjetivo me da como un retintín, yo soy más de Ignatius J. Reilly que de Henry Ford, por decirlo de forma simple. Cuando de alguien se dice que es “una chica trabajadora”, o “un chico trabajador”, a menudo la expresión suena como muy displicente, en plan de palmadita en la espalda o carta de recomendación o cosa que le dice un profesor a un papá o a una mamá. En fin, creo que ya me entendéis.

El caso es que después del masaje me pregunto si debería poner algo en las redes sociales sobre el dichoso día de la mujer (trabajadora o no: a Shoshanna, en Girls, la echan del trabajo). Personalmente, no creo que haya nada que celebrar. O sea, las cosas hay que celebrarlas o reivindicarlas o pelearlas cada puto día. Como dice alguien en Facebook: “Hoy todo el mundo es feminista. Mañana, vuelta a la jodida realidad”. Hay quien se pone serio, quien hacer ver que no pero es que sí, quien hace ver que sí pero es que no, los que ironizan sobre lo de hoy igual que esta tarde o mañana ironizaran sobre otra cosa, por sistema, y me temo que cuando haces las cosas al por mayor y sin una convicción o una voluntad concreta de decir o hacer algo de poco sirven. Aciertes más o aciertes menos. Hay quien necesita soltarlo, lo que sea, porque piensa (la gran equivocación del siglo XXI, en mi humilde opinión) que estar soltando cosas por la boca y por los dedos todo el rato es lo normal y deseable. Y no. Yo creo que no. Exprésense con moderación, por favor. No me refiero al tono, me refiero a la frecuencia. Ya sé que yo no soy nadie para pedir nada, pero bueno, ya lo he dicho. Y aquí estoy, contradiciéndome.

Me da por ir a mi habitación y buscar entre las estanterías algo que pueda servirme para decir algo. Al fin y al cabo, siguen sin salir los subtítulos del último episodio de Better call Saul. Es entonces cuando me doy cuenta, con una mezcla de culpabilidad y extrañeza, de la absoluta desproporción entre mujeres y hombres en la estantería, en detrimento de las primeras. Y me diréis que esto ya lo sabíais y es el pan de cada día, pero una cosa es saberlo o leerlo o que te lo digan, otra cosa son esos momentos en los que te dices a ti mismo: joder, esto no puede estar bien. En primera línea solo veo a Lydia Davis y a Poppy Z. Brite. En otra estantería, arriba, un libro de Dorothy Parker y otro de Melissa Bank. Un par de cómics de Gabrielle Bell. Carson McCullers, por supuesto, un cómic de María Herreros, una novelita de Simone de Beauvoir titulada Una muerte muy lenta y, medio disimulados, remetidos, varios números de El Problema (María Gallardo es El Problema). La mesilla de noche me tranquiliza algo más porque sobre ella está lo último que leí anoche, que son dos fanzines de Roberta Vázquez, y luego hay alguno de Conxita Herrero, Cómo se hace una chica de Caitlin Moran y en la habitación del ordenador tenía un librito de Ana Elena Pena y un número de Los archivos de Beauvoir, el 4, en el que precisamente cuentan que no quieren ser catalogados a la ligera como feministas y que ese número es en el que más hombres han participado. En otra mesa tengo un fanzine de Klari Moreno y en una repisa un libro de la Duras y un CD de PJ Harvey. Pero vuelvo a remirar las estanterías y nada, lo mismo que había antes. Por probar, saco algunos libros de la primera línea y por atrás aparece alguna más: Despentes, Darrieusecq, Wittkop. Bueno, ahí hay un montón de Agatha Christie, y uno de Highsmith. Decido que todo esto es una tontería, que de qué diablos me estoy examinando. Vuelvo a la habitación del ordenador y entre los DVD’s que se amontonan en varias repisas sólo encuentro a Kathryn Bigelow y a Mary Lambert. Y no voy a subir arriba a seguir buscando DVD. No sé muy bien lo que me ha ocurrido y, además, pienso que la paridad, cuando se intenta imponer de forma sistemática, deviene una parida. Esto es una constatación empírica burguesa de estar por casa, en serio, no pretendo realizar aquí aseveraciones de corte histórico. Pero es evidente que, entre mis libros y películas, hay mucho más material firmado por hombres que por mujeres. Aunque el otro día, en el GRAF, me agencié más cosas firmadas por mujeres que por hombres. Y nada, que no soy nada fan de ese tipo de frases o consignas o consuelos del tipo vamos a seguir luchando por cambiar el mundo aunque en realidad si que vamos a pelear, al menos un poco, para cambiar lo que podamos en nuestra parcela de mundo. Y las estanterías del futuro tendrán que ser, por ovarios, cada vez menos androcéntricas. No solo las estanterías, por supuesto. Lo que de momento puedo decir, y ahora hablo por mí y mi reducido ámbito de influencia, es que conozco a un montón de tías que están haciendo cosas ahí afuera y, espero, van a seguir haciéndolas.

Una apología del fuego: sobre ‘Querido imbécil’

Escribir sobre cosas de amigos es tarea peliaguda. Uno nunca se puede quitar de encima la sospecha de estar haciendo esto porque el otro es tu amigo. Y no hablo únicamente del resto del mundo. Yo mismo me pregunto lo que sentiría, lo que escribiría, si tuviera que escribir sobre Querido imbécil sin conocer, desde hace como quince años, a Pablo Vázquez, su guionista. Si, encima, la obra de teatro en cuestión es una sátira frontal, virulenta y descarnada de las relaciones entre personas, de algunas relaciones entre personas, y muestra un episodio de violencia de género, infligido por una mujer a un hombre, habrá quien, sin más dilación, sin leer una palabra más, sin plantearse ver la obra, habrá empezado ya a emitir su veredicto. Vale. Anoche, viendo un rato el debate entre los candidatos a presidente del gobierno (tres candidatos y una vicepresidenta del gobierno, para ser más exactos) me sorprendió la envarada celeridad con la que, preguntados por medidas a tomar contra la violencia de género, los cuatro despacharon el asunto, exceptuando esa especie de alegato trasnochado que se marcó Sáenz de Santamaría, queriéndose cómplice de las adolescentes españolas. Que por un lado piensas que está bien, ese consenso, que hay cosas de sentido común, pero por el otro te inquieta recordar que hay temas tabú y que hay temas en los que salirse un milímetro de ciertos discursos está penalizado con tarjeta roja ya de entrada. Ellos, como políticos y aspirantes que son, saben que no les conviene decir nada que se salga del guión, que por ahí no van a conseguir votos. Pero una cosa es la política y la otra es el humor, y además ninguno de los implicados en esta obra de teatro está aquí para ganar las elecciones.

Hablemos de la obra. Empecé a verla teniendo un problema y es que no oigo demasiado bien. No es que esté sordo, pero vaya, tengo algo de pérdida, y cuando empezó me di cuenta de que no iba a oírlo todo, que se me iban a escapar, aquí y allí, palabras. Pensé en cambiarme de sitio pero al final me quedé donde estaba porque vi que tampoco era tan grave. Querido imbécil funciona a modo de irado surtidor de gags, gags como bofetadas dadas con toda la intención de noquear y de incomodar. Decían a la salida sus responsables que esta función había quedado como muy bronca, muy cruda, que había otras que salían más divertidas, y además se nos escatimó un monólogo final de Mariu Bárcena, una de las tres intérpretes, que, según afirman los que sí lo han visto, ayuda mucho a contextualizar y a entender algunas cosas. Mi experiencia personal con la obra fue la de sentirme raro, raro como de no saber qué hacer con todo eso, cómo sentirme, cómo responder, cómo reaccionar al hecho de que hubiera cosas que me hacían gracia pese a saber que estábamos asistiendo a una situación la mar de jodida. Y no dejaba de encontrarlo todo muy anecdótico, gratuito en el sentido de ver cuantos requiebros insanos se le pueden dar al lenguaje, a las embestidas de la una (una Belén Riquelme rotunda) y a los palos de ciego acobardado del otro, el personaje interpretado por Álvaro Lafora. Y a la deliciosamente salvaje tortura telefónica a la que es sometido este personaje cuando le da por empezar a llamar al teléfono de atención a las víctimas de la violencia de género.

Luego salimos y hubo a quien no le había gustado nada y a quien sí le había gustado y terminamos en un bar, hablando del asunto, hablando de verdad o, como mínimo, intentándolo. Y si hablamos fue precisamente porque esa persona a la que no le había gustado nada, que resulta que es una buena amiga, lo puso sobre la mesa, lo soltó y todos nos terminamos soltando un poco y bailando desde las respectivas posiciones donde estábamos sentando, reconociéndonos los unos a los otros. No fue hasta la tarde siguiente, paseando sin rumbo por Madrid, que empecé a recordar la obra y a ver que detrás de ese torrente de mezquindades asaeteadas sin piedad había dos personajes, básicos e hiperbolizados, llevados al extremo, pero dos personajes en los que pueden reconocerse dos seres humanos ninguno de los cuales está preparado para el otro. Pensé, con una mezcla de vergüenza y alivio, que yo alguna vez también me he dejado maltratar, también me han zarandeado de mala manera y me han pedido, en efecto, que devuelva los golpes. Y no es que haya obrado de una manera o de otra por ser más o menos estúpido o incapaz sino por creer que era lo correcto, que igual así llegábamos a algún sitio. Y no sé, no pretendo exculparme ni justificar mi simpatía por la obra sino tratar de explicar de qué manera se ha relacionado conmigo. Creo que nos dan miedo las palabras. Cada vez más. Creo que nos cuesta decir ciertas cosas no sea que se vayan a hundir otras. Creo que Querido imbécil no hace apología de nada ni perpetua nada, ningún estado de las cosas; a lo sumo lo que hace es ofrecer un reflejo, deforme y sangrante, pero reflejo al fin y al cabo de eso que una vez se llamó guerra de sexos y ahora ya no tiene nombre porque no nos gustan nada las guerras y además hemos perdido los papeles y no tenemos demasiada idea de dónde estamos ni de cuál es nuestro rol. Y diría que esto es bueno, que el suelo tiemble bajo nuestros pies y empecemos a reubicarnos.

Y no tengo mucho más que decir al respecto, como no sea que sería ridículo que, ante una propuesta como Querido imbécil, saliéramos de la sala como si nada, encantados de la vida o algo así. Que si hay que enfadarse, nos enfadamos, y si hay que hablar, hablemos. Pero no nos parapetemos detrás de las palabras. De las que se pueden decir y de las que no. De las que duelen más y de las que duelen menos. La violencia es dolorosa siempre. La violencia es una mierda. Pero para eso están algunas ficciones, para desarticular las miserias del mundo real, para reducirlas a harapos, para que nos preguntemos cosas y para que pataleemos y gritemos y nos planteemos muy en serio nuestra obligación moral para con los demás, la obligación moral de estar, siempre que se pueda, (muy) por encima de esos arquetipos terribles que Norberto Ramos del Val y su banda ponen sobre las tablas del Teatro Alfil, en el corazón de Madrid. Arquetipos osados, sí; arquetipos deleznables, quizá —la palabra DELEZNABLE le gustaba mucho a Claudio Buenafuente, va por ti, maldito—, pero eso ya nos lo esperábamos un poco los que sabíamos de qué va la cosa. Yo nunca sé del todo qué pensar, en esas estoy siempre, pero como le decía el otro día a Pablo, sería harto saludable que fuera mucha más gente a ver la obra, y que se indignaran mucho y que quemaran el teatro si hace falta, como en las auténticas revoluciones, porque entonces igual significaría que se lo toman realmente en serio y si somos capaces de quemar un teatro también podemos quemar la Moncloa un día de estos o echar a patadas a sus inquilinos si las cosas se ponen realmente mal. En fin, que no me toméis muy en serio, ya sabéis que estoy mal de lo mío. Buenas tardes.

A Querido imbécil le quedan, creo, cuatro telediarios. Ni uno más. Los miércoles de diciembre, a las 22:30, en el Alfil, en la calle Pez, en Madrid.

“Nada es absolutamente de esa forma”

No tengo intención alguna de hablar de lo que ha pasado y sigue pasando en Madrid, en su Ayuntamiento de Madrid —y no solo allí, estas cosas ya han pasado antes y van a seguir pasando. Es decir, me parece una locura, por muchas razones, y tengo opiniones al respecto, creo que algo fundadas. Fundadas, quizá, en lo que suele fundamentar mis cosas, mis actos y mis pensamientos: la duda. El pensar que tanto puedo estar en lo cierto como estarla cagando a lo grande. Pero diré que Guillermo Zapata cuenta con todo mi apoyo. Y también lo tiene Rita Maestre, otra edil de Ahora Madrid, a quien parece que ahora le piden un año de cárcel por no sé qué ofensa religiosa. Pero ya se ha escrito y dicho bastante al respecto, y no creo que las letras que yo pudiera juntar, desde mi humilde butaca giratoria, añadieran gran cosa al asunto.

Lo que ocurre es que todo esto, que es un poco de ciencia-ficción, reconozcámoslo, me ha recordado un texto que leí hace tiempo y me pareció muy lúcido y acertado e incluso hermoso y aplicable a tantas otras cosas. Era una especie de epílogo jocoso a la novela de Philip J. Farmer, “La imagen de la bestia” (1968), una fantasía pulp loquísima cuyas dos entregas deben figurar, con toda seguridad, entre lo más bizarro y peculiar que ha publicado la editorial Anagrama. El epílogo, o post-scriptum, lo firma el también escritor Theodore Sturgeon, y voy a consignar a continuación la parte del mismo que encontré más significativa. Para los fetichistas de la página impresa y los que quieran leerlo todo, adjunto también las páginas del libro, escaneadas. Es un texto más sentido y visceral que de razonamientos en frío, es, al fin y al cabo, Sturgeon homenajeando a Farmer, pero también es un texto sobre la intolerancia y la estrechez de miras y el ser estúpido o no serlo y, qué diablos, me apetece compartirlo aquí y ahora.

Mirando la Wikipedia me he topado con algo que llaman la Ley de Sturgeon y también me ha gustado: “Nothing is always absolutely so” (Nada es absolutamente de esa forma).

Habla, pues, a partir de ahora, el señor Sturgeon:

Existe un vasto número de personas honestamente simples que pueden, sin ninguna duda, definir:

la pornografía

la ciencia-ficción

Dios

el comunismo

el bien

la libertad

el mal

la paz honorable

la libertad

la obscenidad

la ley y el orden

el amor

y pensar, y actuar, y legislar, y en ocasiones llevar a la hoguera, en­carcelar y matar sobre la base de sus propias definiciones. Estos son los Etiquetadores, y son, sin excepción alguna, la fuerza más letal y destructiva con la que jamás se haya enfrentado especie algu­na sobre este planeta o cualquier otro, y voy a explicarles con sen­cillez y claridad el porqué.

La verdad pura y simple no es fácil de encontrar. Virtualmente todo aquello que tiene apariencia de verdad es susceptible de ser puesto en duda y modificado. «El agua corre colina abajo.» ¿A qué temperatura? ¿Dónde? ¿En una cápsula Apolo o en el extremo de entrada de un sifón? «Las faldas son para las muchachas.» ¿Le gus­taría a usted hacer frente a un batallón de la Black Watch con sus kilts o a una compañía de los rudos evzones griegos (llevan hasta puntillas en sus faldas)? «E=MC2», según palabras de la ebúrnea deidad de lo relativo, Albert Einstein, «puede ser, al fin y al cabo, tan sólo un fenómeno local».

La letalidad destructiva inherente al Etiquetaje, surge del hecho de que el Etiquetador, sin excepción alguna, prescinde de la más básica de las características del universo —el devenir—: es decir, el flujo y el cambio. Si se detiene a pensar (cosa que no entra dentro de sus hábitos), el Etiquetador se ve obligado a admitir que las rocas y las montañas cambian, que los planetas y las estrellas cambian, y que no se han detenido como consecuencia del fenómeno puramente local, e infinitesimalmente pequeño, de que él esté aplicando una Etiqueta en este lugar, en este momento del tiempo.

El devenir resulta más evidente en aquello que llamamos vida que en cualquier otra área. No basta decir que las perspectivas cambian; se debe ir más allá y afirmar que la vida es cambio. Aque­llo que no cambia es una aberración respecto a las leyes más básicas del universo; aquello que no cambia no está vivo, y en presencia de aquello que no cambia, la vida no puede existir.

Es debido a esto que el Etiquetador resulta letal. El es la mano muerta, suya es la orden ¡Deteneos!, él es el amigo de la muerte, el enemigo de la vida. No siente deseos, no puede enfrentarse a las cosas como realmente son: móviles, fluidas, cambiantes; desea que se detengan.

¿Por qué?

Creo que obedece a un deseo perfectamente normal de seguridad. Quiere sentirse seguro. No se da cuenta de que ha confundido la esta­bilidad con el estatismo. Tan sólo si todo se detuviera, tan sólo si el hoy y el mañana fueran exactamente iguales al ayer (jamás escruta de forma realmente cuidadosa el ayer, ¿comprenden?, de forma que cree que ayer todo estaba inmóvil y en paz y conforme a la ley, lo que obviamente es falso) podría sentirse realmente seguro. No se da cuenta de que se ha vuelto contra la vida y a favor de la muerte, que está inmerso, de hecho, en una especie de suicidio, tanto para sí mismo como para su especie. No se da cuenta de que, en el san­tuario de la iglesia de su elección, cualquier mañana de domingo (o sábado) podrá ver a respetables matronas enfundadas en vestidos que hubieran estado prohibidos no sólo en las calles sino incluso en las playas, en un período que aún pueden recordar los feligreses de más edad. Ha olvidado que, hace tan sólo unos pocos años, algo semejante a un terremoto cultural arrolló a la especie humana, porque Clark Gable, interpretando a Rhett Butler, dijo «Maldición» en una película. Ignora toda evidencia, toda verdad, su tarea es Etiquetar; y es absolutamente letal, de modo que ¡ojo con él!“.

Y esto será todo por hoy. Buenas noches.

Ah, y los enlaces a las páginas escaneadas:

Pág 1

Pág 2

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Sobre ‘El ente’ y mis minutos de gloria paranormal

A mí casi nunca me ha pasado nada del otro mundo. Quiero decir que el otro mundo no ha puesto demasiado empeño en comunicarse conmigo. Que yo sepa. Alguna vez me han pasado cosas raras, casualidades, simetrías inesperadas, pero esas no precisan de razonamientos fantásticos para ser comprendido. De niño, como creo que nos debió ocurrir a la mayoría de los niños y adolescentes de este mundo, alguna vez en unas colonias o una fiesta de cumpleaños alguien insinuó que tenía una Ouija y que podíamos probarla. Pero yo nunca me apunté. A veces la Ouija simplemente desaparecía, como si nos lo hubiéramos imaginado, como si nadie hubiera sugerido jugar, como si en realidad ni siquiera esa tabla de madera con letras existiera. Y las otras, cuando la Ouija era real, a mí me daba como respeto. Pensaba que era mejor no tentar a los espíritus. Una noche que tenía los ojos irritados, creí ver materializarse ante mí, a unos metros, una figura en batín que se parecía algo a mi madre. Al día siguiente se lo dije y ella hizo venir a un exorcista del pueblo vecino que por entonces estaba muy de moda, para que purificara las tres plantas y el garaje de casa. Pero esa es otra historia. Sin embargo, creo que tiene que haber algo ahí fuera. Yo diría que no creerlo es aburrido y además ciertamente cínico. Hay muy pocas cosas del mundo que comprenda realmente, y no me parece nada descabellado que existan otros planos de la existencia. A algún lugar tienen que ir los que se mueren y los que se pierden. Pero también creo que esas cosas, la mayor parte de las veces, son sibilinas e incomunicables, no están a la vista de todos, no están a la vista de nadie. No suelo tragarme los relatos aparatosos de posesiones, encuentros con entidades extraterrestres y apariciones. Intuyo que existe un alto grado de sugestión en esas cosas, y una necesidad, un querer creer como Mulder que quería creer que su hermana estaba en algún lugar al que se podría acceder llegado el momento. Tampoco pongo la mano en el fuego. No pongo la mano en el fuego por casi nada. Sólo por algunas personas.

Pero una vez sí me pasó algo. Es a lo que llamo mis minutos de gloria paranormal. Es una de las poquísimas cosas de mi vida para las que aun hoy no tengo una explicación coherente, y a veces me acuerdo de aquella noche. Es sencillo de contar: estaba durmiendo, con mi hermano al lado, y de repente me despertó un estruendo. Eran golpes sordos y machacones, como si alguien estuviera aporreando la puerta de la habitación, que estaba cerrada, con un hacha u objeto pesado. Eran golpes que, y esto os lo aseguro, hacían imposible dormir. Pero mi hermano estaba durmiendo tranquilamente. Primero no supe qué hacer, esperé a ver si paraba. Miré a mi alrededor, miré a mi hermano, acabé por llamarle y despertarle pero él no pareció darse en absoluto por aludido. Me dijo que volviera a dormirme. O sea, que sólo mi cabeza estaba produciendo aquellos ruidos horribles, extrañamente rítmicos. Finalmente, me armé de valor, fui hasta la puerta y la abrí. Los golpes cesaron cuando la puerta estuvo abierta. Caminé hasta la habitación de mis padres, al otro lado del piso, que entonces era un piso y no una casa, y le conté a mi madre lo que había ocurrido. Ella tan sólo dijo: “será el viento”, algo así. Al día siguiente se lo conté a un amigo que tenía al que le gustaban estas cosas, creo que por él me enteré de historias como eso de las caras de Bélmez, y me preguntó si al abrir la puerta había percibido como un vientecillo, una estela que se alejaba, un movimiento, y le dije que sí. Le dije que sí porque entonces pensé que sí, que algo así había sido, un aire frío que reptaba escurridizo al nivel del suelo, no sé si fue la sugestión o el querer encajar las cosas, pero le dije que sí y la cosa, en general, se quedó ahí. Lo de la figura en batín fue años más tarde, ya en la otra casa, y no lo pongo en el mismo saco porque pienso que cuando estás medio dormido y tienes los ojos irritados y es de noche, la luz tiende a jugar malas pasadas. O simplemente crees que estás consciente pero estás medio regresando de un sueño.

Hasta aquí mi regreso al pasado y al estruendo inexplicable. El otro día asistí a la primera sesión privada del Club Phenomena, una sociedad exclusiva que la gente del cine Phenomena ha creado para los visitantes más asiduos y entusiastas del cine. No me detendré a contar qué es Phenomena aquí, la verdad es que no tengo tiempo. El caso es que era una sesión sorpresa, de las de verdad, no como cuando en la parrilla de Sitges te ponen eso de película sorpresa pero en el periódico de la mañana ya te viene la película que van a poner. Hacía tiempo que no me metía en un cine sin tener ni idea de la película que iba a ver y eso es bonito. Bueno, teníamos algunas pistas y yo ya sospechaba que podía tratarse de El ente (Sidney J. Furie, 1982), pero saberlo, saberlo, no se supo hasta que se descorrió la cortina y empezó la película. No la había visto nunca, aunque la tengo en DVD. A los pocos minutos, cuando ya se han sucedido a gran velocidad los créditos y Carla Moran (Barbara Hershey) está por irse a dormir, un cojín sale disparado contra sus morros, tumbándola en la cama, y empieza a oírse un estruendo, unos ruidos machacones, rítmicos, como puñaladas amplificadas que desgarraran el espacio y el cuerpo de Carla Moran. Os juro que para mí fue como un reencuentro: los ruidos eran lo más parecido que he oído nunca a aquellos golpes que perturbaron mi sueño durante unos minutos una noche lejana de mi infancia. Y he visto muchas películas de terror y he estado alguna vez en discotecas y nunca había tenido esa sensación. Además, al principio tenía la duda de si esos golpes atronadores los estaba oyendo también Carla Moran o estaban fuera de la película, es decir, que sólo los oíamos nosotros como parte de la banda sonora. Luego, la segunda o tercera vez que los ruidos vuelven, Carla la pregunta a sus hijos si han oído eso, y ellos no parecen darse por aludidos. Su hijo mayor comprueba una cañería debajo de la casa y concluye que el ruido venía de ahí, aunque los que hemos oído el maldito ruido sabemos que era algo mucho peor.

Parece que, conforme avanza la película, los ruidos se pierden. No siempre acompañan los ataques de la entidad que tortura a la pobre Carla Moran, cuyo caso resulta que está basado en hechos reales y documentados. Pero yo ya no pude dejar de pensar en la locura de haberme encontrado con esos ruidos, tan parecidos a los que yo oí, en una película de terror. A mí, sin embargo, no me violó nadie: habría sido una forma curiosa de perder la virginidad. A una edad quizá demasiado temprana. De pequeño no me dejaban ver películas de terror. Y tampoco las buscaba porque tenía miedo. Mis amigos hablaban de Freddy Krueger y de Jason y de intestinos que se desparramaban y a mí me daba pavor enfrentarme a esas imágenes. Luego no sé qué pasó que perdí el miedo, aunque tardé como diez años más en estar preparado para ver Nekromantik (Jorg Buttgereit, 1987). Pero estos días he fantaseado con que, quizá, por la época en la que me pasó eso de los ruidos, El ente se pasó por televisión, o mis padres la alquilaron, y yo quizá la vi de refilón, o ni siquiera la vi, sólo oí los golpes, y de algún modo esos golpes quedaron como almacenados en mi cabeza para reproducirse en aquél preciso momento, aquella noche. Sigue siendo extraño, porque cuando sueñas normalmente el sonido no se amplifica tanto, no te impide dormir, diría que en los sueños no oyes las cosas, no te llegan por los oídos, sino que las percibes, tu cerebro te las traduce. Creo que tampoco he avanzado mucho en mi camino hacia la comprensión, porque mi desconcierto no era tanto con el ruido en sí como con el hecho de que ni mis padres ni mis hermanos lo oyeran, siendo como era un sonido tan machacón e insistente. Nunca más he vuelto a oír golpes ni voces en mi cabeza, y cuando te conviertes en alguien que escribe y reinventa las cosas que pasan hay veces en que te vuelves un poco loco y llegas a imaginar que igual nada de eso llegó a ocurrir, que te lo imaginaste, que fue un recuerdo implantado vete a saber cómo, pero luego recuerdo los golpes y el miedo, que no fue un miedo desbocado pero sí palpable, y me digo que no, que por más que me moleste el hecho de no comprender, eso ocurrió y sigue estando ahí.

Esto no es una crítica de ‘Ex Machina’ (Alex Garland, 2015)

Empezaré por confesar que a lo largo de mi vida he ido a muchos pases de prensa de películas y luego no he escrito nada sobre lo que he visto. Últimamente intento ir sólo si sé que alguien me va a publicar lo que escriba. Pero antes no tenía tan en cuenta este aspecto. No sé si queda feo decir esto; se supone que vivimos y operamos en un mundo de apariencias en el que todos somos muy buena gente y hacemos lo que es debido. Y cuando no, pues se hace la vista gorda. Quiero decir, que tú te haces la vista gorda a ti mismo. Quiero decir que piensas que la próxima vez lo harás mejor.

Tampoco tengo inconveniente en decir que he escrito, algunas veces, textos que no valían gran cosa sobre películas vistas en pases de prensa. Soy consciente de ello ahora y lo era casi siempre cuando se los mandaba a las personas que tenían que publicarlos. Tampoco sé si queda feo decir esto otro: la gente de los medios para los que escribo o escribí en el pasado saben, y si no lo saben se lo digo ahora, que siempre trato de hacerlo lo mejor posible. A veces me preocupa usar demasiado, en mis textos, palabras como “creo” o “quizá”. Quizá es que estoy instalado en la duda permanente y a veces me pregunto si las demás personas lo están también. No siempre lo parece. Hay quien parece tenerlo todo muy claro. El otro día hablaba con un amigo sobre varias películas y le decía que, a veces, no estoy seguro de haber sido todo lo generoso que podía ser con esta u otra película. Sea por cosas de prejuicios, por cansancio o por simple negligencia, o porque no tienes el día, por lo que sea, a veces no les prestas suficiente atención a las películas. Y yo pienso que a las películas hay que prestarles atención. Mi amigo me dijo que tuvo esa misma sensación de no haber puesto de su parte días atrás, viendo otra película, y que, en todo caso, estaba bien pensar o decir eso, porque la mayoría de la gente no lo dice. Terminan de verla y parecen tener juicios muy sólidos y formados. Confieso que a veces siento envidia de esos juicios sólidos y formados, que no contemplan los “creo” y los “quizás”. A veces pienso en decir algo en Twitter sobre alguna película o alguna movida, pero también pienso que diré algo que ya se ha dicho antes o que no tengo las palabras exactas para decir lo que quiero decir en tan poco espacio. Me invade como un rubor, será que con los años me he vuelto escrupuloso. La inmensa mayoría de los textos sobre cine, sobre todo en los medios más, digamos, convencionales, son unidades de sentido que no contemplan las grietas o las dudas o las preguntas. A mí me gustan los otros, los que se hacen preguntas o te las generan.

Todo esto viene porque el pasado lunes fui a un pase de prensa a ver la película Ex Machina (2015), debut en la realización del inglés Alex Garland, tras escribir algunas novelas y firmar los libretos de filmes que no estaban mal como 28 días despues… (Danny Boyle, 2002), Nunca me abandones (Mark Romanek, 2010) o Dredd (Pete Travis, 2012). Y después de verla, me ocurrió que me daba mucha pereza escribir sobre ella. Porque no me había dicho gran cosa y, además, sentía que quizá había decidido que no me gustaba demasiado pronto. Llevo cuatro días pensando que trataré de escribir algo sobre la película y resistiéndome a ello al mismo tiempo. Últimamente trato de escribir sobre todas las películas que veo en pases de prensa, sé que es así como debería ser, pero, si os soy sincero, fui a ver Ex Machina porque el día y la hora me venían bien y no tenía nada mejor que hacer. Nadie se ofreció a publicarme un texto sobre la película. Tampoco pregunté mucho. Y ahora siento que igual no debería haber ido. Que no me aportó gran cosa; es posible que a veces me pase de exigente o le pida demasiado a las cosas y a las películas. Tampoco debería haber ido a ver Birdman, una película mediocre, pero esa es otra historia, además me habían encargado el texto, y por lo que a mí respecta ya se terminó y no quiero volver a oír hablar de eso. Pero como sí que fui a ver Ex Machina, siento que algo tenía que decir sobre ella.

Empieza a dolerme la barriga así que cortaré aquí la transmisión: no está mal, está bien, todo tipo de expresiones neutras sirven para definir mi experiencia (que no la vuestra) con la película de Alex Garland. Como le dije a dos personas que me preguntaron, encontré su puesta en escena algo anodina y letárgica, y no en el buen sentido. Tiene algunas ideas que no están mal, pero quizá su problema sea que es una película demasiado de ideas, como de laboratorio, de poner a unos personajes en un lugar y hacer que ocurran ciertas cosas. No deja de ser la clásica historia de traición y decepción, con la particularidad de que uno de los personajes involucrados es una inteligencia artificial. Femenina. Leída como el relato de un empoderamiento femenino, tiene su gracia. Pero la manera de contar ese relato me dejó algo frío. Sólo era eso. Bueno, hasta aquí mi pequeña confesión. Lo siento. Trataré de no escribir sobre películas que no me motiven a escribir o a las que no les preste la atención debida, aunque en ocasiones inevitablemente tendré que hacerlo en base a compromisos con gente.

Reminiscencias sitgetanas #2: Tusk (Kevin Smith, 2014) / Persiguiendo a Amy (Chasing Amy, Kevin Smith, 1997)

 

Holden: I’d like to get back to doing something more personal, like our first book.

Alyssa: Well, when are you gonna do that?

Holden: When we have something personal to say.

(fragmento de una conversación, en Persiguiendo a Amy)

 

Era el último día de Sitges 2014. Había quedado para pasear y cenar con mi hermana y luego tenía que asistir a una fiesta, por lo que descarté ver Tusk, el último largometraje de Kevin Smith. Hace mucho tiempo que el cine de Smith ya no me dice nada, y me doy cuenta de que ni siquiera podría precisar cuándo fue, exactamente, que me dijo algo. Le tengo una de esas simpatías irracionales que, intuyo, data de cuando, en mi adolescencia, Mallrats (1995) se veía mucho en casa de mi mejor amigo de entonces. La última vez que vi Clerks (1994), cuando la Filmoteca de Barcelona aun estaba en el Aquitania, ya me resultó poco más que una mera anécdota. Su segunda parte, que data de 2006, era apreciable aunque ya no me acuerdo de nada. Confesaré, no sin algo de rubor, que derramé alguna lágrima al morir el personaje de Jennifer Lopez en Jersey Girl (2004), una película que vi en un cine de Madrid y no estaba tan mal. Pero es que yo a veces lloro por las cosas más peregrinas.

Lo que resultaba francamente difícil de imaginar, siguiendo la trayectoria del de Nueva Jersey, era que, de repente, se pasara al cine de terror. Parecía una de esas anomalías que sólo se observan en los universos paralelos y en los sueños, hasta que Red State (2011), su filme sobre una secta cristiana armada hasta los dientes y liderada por un vitriólico Michael Parks, aterrizó en la sección oficial de Sitges ’11 para llevarse los premios a Mejor Actor y, ahí es nada, Mejor Película. A mí no me interesó demasiado. No es la película de la que quiero hablar aquí, pero diré que la encontré algo apelmazada y constreñida: por primera vez en su trayectoria, Smith se atrevía a tocar temas graves como el fanatismo religioso o la negligencia interesada de los que se supone velan por nuestra seguridad, y se le notaba un poco entre la espada y la pared, queriendo hacer una película política respetable que, al mismo tiempo, resultara chocante y divertida. A mí me funcionó igual que me funcionaría una crónica periodística voluntariosa pero no demasiado buena: leída (o vista) y olvidada.

Y ahora es cuando os digo lo que quizá debería haberos dicho nada más empezar este texto, ya que es la razón principal de que esté escribiéndolo: simplemente ocurrió que el domingo pasado vi Tusk, que vendría a ser su segunda incursión en el cine de terror, y lo pasé muy bien. Me supo mal habérmela perdido en Sitges, porque responde exactamente al perfil de locura desmadrada, podemos llamarla grindhouse incluso, que uno va a buscar a las madrugadas del festival. Y es que, una vez liberado del yugo de los “temas graves” que pesaba sobre Red State, Tusk transmite mucho más esa sensación de desinhibición salvaje que debería estar en la médula espinal de toda película que aspire a conquistar las madrugadas de los festivales de cine de terror y, por ende, las madrugadas de todos esos cultos secretos que de vez en cuando se reúnen para ver películas de terror. Esa desinhibición se percibe no sólo a través de la grotesca historia que se nos cuenta, sobre la que es mejor no saber demasiado, sino también en lo narrativo: Smith nos sorprende con delirantes flashbacks en blanco y negro e incluso se permite, por ejemplo, volver a una escena que ya hemos visto antes modificando parcialmente el diálogo de la misma, como si estuviéramos viendo una toma alternativa de la misma. Y en el que para mí es el mejor corte de montaje de la película, los ojos del joven protagonista se cierran e intuimos que la siguiente imagen que veremos será la que dé comienzo a su calvario, pero en vez de eso retrocederemos en el tiempo, a una reveladora conversación de cama. Una conversación que, de una extraña manera, podría conectar Tusk con la mejor obra de su director: Persiguiendo a Amy.

Tras ver Tusk, me apeteció rebobinar en la filmografía de Smith hasta la película que más me había gustado de él, que no era otra que Persiguiendo a Amy. Quería refrescar mis juicios e impresiones respecto al autor de Dogma (1999). Mientras la estaba viendo, hubo algunos tramos en los que pensé que estaba demasiado escrita, aunque cuando terminó entendí una cosa: que el verdadero proceso de aprendizaje de Holden McNeil (Ben Affleck) en el filme ocurre íntegramente durante una elipsis, la que tiene lugar entre la crucial escena del sofá y el epílogo en la convención de cómics, un año después. Entendí que Persiguiendo a Amy trata sobre un tipo, Holden, que no se entera de nada aunque se lo expliquen todo, y que el mismo director y guionista de la película, como él mismo explica en este texto que escribió cuando Criterion añadió la película a su selecto catálogo de DVD, fue una vez alguien muy parecido a Holden.

Joey Lauren Adams (Alyssa, la protagonista femenina de Persiguiendo a Amy) me emociona en esta película. Cuando habla; cuando canta; cuando se desgañita gritándole a Holden, o cuando, en la escena del sofá, no puede ni mirarle directamente a la cara. Siempre parece que mire un poco hacia un lado, porque no quiere oír las estupideces que él va a decirle. Esto no lo entendí; esto lo sentí, que es una forma algo distinta de aprehender las cosas.

Me llamó la atención, también, la conversación que he reproducido al inicio del texto, en la que Holden le dice a Alyssa que está esperando a tener “algo personal que contar” (utiliza el we porque se refiere a él y a Banky, su inseparable escudero). En los créditos finales de la película, en la sucinta sección de agradecimientos, Kevin Smith nombra precisamente a una tal Joey, a quien le agradece precisamente el haberle proporcionado “algo personal que contar”. Até cabos, investigué en Internet y confirmé que “Joey” era, efectivamente, la misma Joey Lauren Adams, con quien Smith salía entonces. Persiguiendo a Amy resulta, prácticamente, una confesión, o un exorcismo, como explica el director en el texto de la página de Criterion Collection. Pero si proyectamos hacia el futuro esa conversación, y el consiguiente agradecimiento de Smith a Lauren Adams en los créditos, cabe preguntarse, mirando su filmografía posterior, si el cineasta sigue teniendo cosas personales que contar. Si sigue teniendo material para hacer una película tan franca y hermosa como Persiguiendo a Amy.

Volvamos ahora a Tusk. En la conversación de cama que mencionaba antes, la que el protagonista de la película rememora antes de abrir los ojos al horror, su novia le está reprochando que ya no sea el de antes, que haya perdido un poco lo que, a ojos de ella, le hacía especial. No sabemos muchas cosas sobre lo que hacía antes, era cómico o algo así, pero ahora es un podcaster que se dedica a hacer reportajes sobre freaks de Youtube y demás movidas de esas que ocurren en las catacumbas de Internet. Movidas que no deberían importarle mucho a casi nadie pero que, en realidad, generan muchos tuits y muchos Me Gusta. Resulta que, a su vez, la premisa de Tusk surgió de un podcast en el que Smith y su viejo amigo y colaborador Scott Mosier hablaban sobre un tipo que había puesto un anuncio en Internet ofreciendo alojamiento gratuito a quien aceptase disfrazarse de morsa. ¿Es osado pensar que, a través de esa conversación de alcoba, Smith esté otra vez haciendo terapia, ironizando sobre su propio devenir como cineasta, lejos ya de su zona de confort en Nueva Jersey, buscando la manera de reinventarse? De hecho, según como se aborde, a veces el cine de terror también puede erigirse en todo un refugio para cineastas perdidos, en busca de nuevos caminos y nuevas historias, ya que es, o debería ser por antonomasia, el género que se presta más a las máscaras y a la transgresión de códigos y límites.

Es cuanto menos significativo que alguien que concibió su película más perdurable (me refiero a Persiguiendo a Amy) como una operación a corazón abierto, volcando una parte de su aprendizaje vital en el celuloide, ahora deba parapetarse detrás de extremistas locos y amigos de las morsas. No sé si Kevin Smith sigue teniendo algo personal que decir. De momento, si trae a Sitges algún otro chiste demente del estilo de Tusk, intentaré echarle un vistazo. Aunque no me vaya a hacer llorar ni me ponga cara a cara con un rostro que me emocione, como el de Joey Lauren Adams en Persiguiendo a Amy.